Del amor y otros demonios

Llevo días, probablemente semanas, escribiendo estas palabras mentalmente mientras espero a que me llegue el sueño. A la mañana siguiente, sigue latiendo esa necesidad y la idea se vuelve un zumbido insistente que amenaza con perturbar la normalidad aparente.
En realidad no sé ni muy bien por qué quiero escribir esto, creo que porque necesito cierta tranquilidad emocional y puede que este sea el camino. Hace años, dar rienda suelta a mis sentimientos me hacía mucho bien; también me metía en más de un aprieto, pero eso es otro tema y también me lo buscaba yo sola. Hace años también que reprimo las emociones más fuertes para evitar males mayores, hay periodos en los que noto que me alejo de la realidad por no ser capaz de asimilarla.
Escribir puede que sirva para rehacer ese puente que se tambalea.

Uno de los cables más frágiles de ese puente es el del amor. Por decisión propia, cabe decir. Amar da fuerza y destruye, crea paz y caos y he podido vivir lo que, para mí, son los dos tipos de amores.

La primera vez que me enamoré casi acaba conmigo. Ni estaba preparada para la intensidad de los sentimientos ni hubiera podido salir nada sano de ahí.
Recuerdo con fecha y hora cómo empezó todo. Después vino un torrente emocional, un fuego que hacía brillar todo lo bonito al mismo tiempo que me iba consumiendo por no ser capaz de gestionarlo. Sé que soy demasiado severa al recordarlo, a veces olvido qué era ser una adolescente atolondrada, pero me superó. Apenas dormía y me levantaba siempre con entusiasmo; lloraba y reía sin ser muy consciente de que todo se mezclaba; temblaba como una hoja con la mínima palabra. Demasiada intensidad.
Fue precioso sentirse así, nunca me ha vuelto a pasar y me ha costado muchos años aceptar lo que (no) pasó. Ha sido un largo camino, me caí y me rompí, casi me cuesta la vida. Ahora es un recuerdo bonito que aún da calorcito pero ya no quema.

La segunda vez fue completamente inesperada y quizá por eso dura. Arrastraba la costra de las heridas anteriores que me empeñaba en rascar cuando un mensaje lo cambió todo.
Fueron largas horas de conversación, muchos complejos de un pasado difuso que salieron a la luz pasada la medianoche. Se creó una rutina de atenciones y cuidados. Una atracción que no acababa de definirse hasta que cambiamos pantallas por abrazos. Seguimos cargando el pasado y creando con él un presente que poquito a poquito evolucionó en algo más que cariño. Sin darnos cuenta uno y uno fueron dos.
Un acto de valentía lo hizo posible, pero sobre todo fue valiente el construir algo mejor entre el uno y el otro, el amarnos sin exigir nada a cambio. Sin precipitación y dejándonos llevar hasta donde quiera la marea. Eso sí, sobre la misma tabla.

Un amor loco y adolescente que no podía llevar a ninguna parte. Un amor sosegado y (algo más) maduro que fue capaz de llegar lejos. Diferentes y complementarios. Necesarios cada uno en su momento para hacer que ahora escriba estas palabras que en nada se parecen a las de mi duermevela, pero bastan por hoy.

Comentarios