Tengo la adolescencia enquistada y mal curada. Con veintinueve años, sí. Lo asumo.
La viví a escondidas y con temor a mí misma, no fui capaz de abrir esa puerta que a veces da problemas, pero que es necesario abrir. Tenía las hormonas alborotadas y me dediqué a mirar a otro lado... las consecuencias fueron claras.
Recuerdo comprar las revistas de chicas y meterlas entre mis libros de texto, o guardarlas en cualquier otro sitio siempre que no se quedasen a la vista. No fuera yo «una de esas chicas» que se dedican a parlotear de chicos y dejan los estudios de lado.
Mis primeras incursiones en internet iban por la misma línea: satisfacer esa sed adolescente, saber más de los famosos que me gustaban y que, si bien en foros me abría y soltaba (más o menos) todo lo que se me pasaba por la cabeza, en persona lo evitaba. Había que guardar las apariencias.
Por supuesto estas hormonas no se limitaron a los chicos que aparecían en la tele... también me gustaban chicos de mi entorno y no fui capaz de gestionarlo. Me gustaron bastantes chicos (no estoy segura de si también alguna chica) y me enamoré. Con casi dieciséis años y la edad emocional de una cría de primaria.
Evidentemente no fui capaz de exteriorizarlo de una forma sana y esto se quedó muy, muy dentro. Tan dentro que era como una herida llena de ponzoña que me debilitaba cada vez más. Ver que había algo que me superaba tanto y me dejaba anímicamente destrozada me hizo plantearme el suicidio. No veía la salida porque no era capaz de verbalizar lo que me hacía daño. Por suerte en ese momento apareció mi novio y me hizo creer en mí cuando casi había perdido la esperanza.
Nunca he tolerado bien el fracaso y lo gracioso de esto es que ni siquiera fui capaz de atreverme. Me escondí en miles de palabras que solo mareaban la perdiz y al final tomé la decisión de dejar de escribir para no hurgar más en esa herida. De hecho hoy, más de diez años después, me cuesta volver a soltar sentimientos por escrito porque bloqueé esa faceta por seguridad.
Fue ya entrando en la veintena cuando empecé a tener una mayor consciencia emocional. Tenía (y tengo) una pareja a quien quiero, pero seguía habiendo chicos que me gustaban. En un principio pensé que era un problema y que no estaba bien ser así, que era una traición. Me costó muchísimo aceptar que amor y atracción no iban de la mano y que no pasaba nada si fantaseaba con otros chicos.
Por eso hoy me doy cuenta de que ha habido compañeros que me han atraído (incluso los hay este curso), alumnos que he tenido más o menos de mi edad que también me han resultado interesantes y sé que hay personas que nunca dejarán de gustarme. Pese a todo, sé que esto es puramente hormonal y que en realidad no haría nada con ninguno de todos.
Esta ha sido mi catarsis.
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