Cuando oposité el curso pasado en el cuerpo de profesores de Secundaria me indignó que me contasen la experiencia de Escuela de Idiomas con la mitad de puntuación siendo, desde mi ignorancia, el mismo trabajo pero con gente de distinta edad. Es más, arrogante de forma inconsciente, pensaba que era más difícil dar clase en EOI porque tienes que tener mayor nivel de lengua.
Lo dicho, era una ignorante (puede, en cierta forma, que aún lo sea).
Escuela de Idiomas y Secundaria se parecen lo que un huevo a una castaña. En ambos casos imparto clase de francés, pero sabiendo bien la lengua, no vamos a engañarnos: es más fácil dar clase en EOI. Llegas, das tus clases sabiendo que te están escuchando durante las casi dos horas de la sesión, descansas, repites el proceso y te vas a casa a preparar materiales y corregir entregas.
Es cierto, la preparación de clases era más exigente. La corrección, más minuciosa.
Dar clase en un instituto está siendo aprender y desaprender. Empatizar y humanizar con adolescentes. Personas en constante crecimiento físico y, sobre todo, mental que hacen lo que pueden para sobrevivir. A veces son insolentes, a veces me ponen muy contra las cuerdas, a veces acabo soltando cosas de las que me arrepiento ipso facto, pero también son seres humanos y su menor edad no les exime de profundidad en lo que piensan.
Ahora toca darles voz, no negar la importancia que tienen los sucesos del día a día, aprender que hay quien tiene necesidades especiales y hay que adaptarse a ellas. Al menos, intentarlo.
Estoy aprendiendo muchísimo y aunque me queda más todavía por aprender, espero no perder el norte y seguir ofreciéndoles un hombro amigo, una mirada de comprensión, una palabra de ánimo.
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